Como el fumador que enciende su último cigarro y dice nunca más, como el infiel que promete “jamás lo haré” mientras devora los labios de su lúbrica amante, como el unívoco sistema en el que juramos no seguir para soliviantar los remordimientos de quien sabe que lo está haciendo mal: así es como aprendí que no podía continuar mi vida ignorando que desde el principio y hasta el final no has sido más que una preponderancia en los mecanismos que absorben mi cabeza.
Puedo negarte, ignorar tu existencia, repudiar lo que un día fuiste para mí, gritar a los cuatro vientos que sigo mi camino y que tú no estás entre mis metas; posiblemente añada para mantener cierta convicción disoluta que jamás lo has estado, pero en breves segundos vuelvo a la realidad y me entrego a todos esos vicios vacuos con los que aprendí a olvidarme. Todo para recordar que somos dos extraños que nunca se pudieron conocer en los avatares de tiempos grises, que nunca caminaron juntos entre la tempestad de sinsabores y condolencias, y que, a fin de cuentas, estaban condenados a arriesgar y perder lo que no iban a vivir.
Enciendo un cigarrillo de la marca que dejaste sobre mi escritorio, me consumo en una calada y sentencio a todos los fantasmas con los que a golpe de olvido no me he conseguido batir. Ellos son como tú y como yo, como pequeñas disfunciones y placeres en el quehacer cotidiano, a veces me entrego a ellos para reflexionar sobre qué camino tomé y por cual no me he de volver a tropezar. Son contingentes y colaboradores de ese proyecto que llamo vida. Son un estorbo y una razón para existir partícipes de la simbiosis de un enfermo compulsivo. En definitiva, son las palabras en el tintero que se quedaron por decir, y aunque los haya desterrado de mi cabeza, siguen boicoteando mi razón de ser.
sábado, 11 de febrero de 2012
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