La misma sombra que nos atraviesa el alma cuando nos damos cuenta de hasta qué punto hemos dejado de distinguir el sueño de la realidad nubló el rostro de Cloris. ¿De verdad es ese vestido lo que tenía la capacidad de sentar bien?, ¿no serían los miles de prejuicios contra su propia imagen lo que iluminaba o decoloraba la ropa en función del momento en que se dejaba ver? Todo esto sería una simple falacia. Cuando se contempló en el espejo de uno de los pilares en el vestíbulo, se dio cuenta de hasta qué punto seguía sucia.
Esa sensación repentina de inseguridad y pánico entumeció cada miembro del cuerpo de Cloris mucho antes de que hubiesen pisado la calle, y cuando al fin arribaron, el invierno sirvió incluso para contrastar con el estupor que helaba sus entrañas. La suave ventisca sentaba bien sobre lo poco que tenía de su piel descubierta, era un poco más ella, menos un producto artificioso de su terrible mediocridad. Pero no era suficiente: Cloris comenzó a desnudarse: primero el abrigo de marta cibelina, después el jersey beis. El hedor de sus antiguas prendas fue despachado a la tierra de la que nació. ¡Pura falsedad!
Cuando se dio cuenta de que una impertérrita Dafne la contemplaba con horror al otro lado del abismo de la cordura, ya era demasiado tarde. Cloris pudo ver su reflejo semidesnudo en los ojos de su amiga. El pintalabios no pudo ocultar cómo el frío había calado rápido amoratando cada fisura incipiente que se había empezado a generar. Las mejillas habían perdido por completo su tono rosado, y sus ojos, de un aguamarina intenso, ahora estaban apagados.
Cloris comenzó a caminar deprisa hacia ninguna parte. La escarcha del suelo de Madrid crujía bajo sus botas -¡también ellas apestan!
-¡Desiste! ¡Cloris!
-¡Déjame!
Ahora soy libre, ahora soy yo. Estoy harta de esta constante inseguridad de tener que revestirme para ser del agrado de todos y cada uno. Estoy cansada de tanta mierda de lo políticamente correcto, tanto esnobismo, ¿tanta parafernalia para qué?
El escaparate de una cafetería le devolvió una sonrisa deformada por la tos insaciable. La gente se comienza a arremolinar en torno a su locura, a la dulce esquizofrenia de sentirse en guerra con el mundo, en paz con sus entrañas.
-¿Y qué miráis!, ¡gilipollas! –una risa histérica convulsionaba su cuerpo mientras se desvanecía en la carrera hacia la demencia. El último recuerdo justo antes de desmallarse era el de Dafne descifrando lo incomprensible, sujetando su cuerpo de una caída fatal.
Despertó días más tarde en una habitación blanca, entre cándidas sábanas de algodón y miles de paquetes que deberían contener en su interior otros tantos regalos apestando a falsas esperanzas.
